Horror Gitano
Septiembre 26, 2008
Update: Aclaro que soy fan de El Camarón, tengo un amigo gitano que toca el cajón como nadie y más de una vez veía la novela de Arnaldo André con mi abuela. Entonces:
El Parque 9 de Julio de San Miguel de Tucumán es una suerte de Bosque de Palermo a escala y muy venido a menos; uno de esos lugares a los que los padres recomiendan no ir. Suele ser lugar de sucesos extraños y de presencias de dudosa reputación en relación al buen gusto y las buenas costumbres.
Habíamos ido con mis dos hermanos no tanto por querer ser parte de ese submundo sino que justamente queríamos dar una vuelta por ese lugar al cual “mejor no ir”.
Estuvimos efectivamente dando no una sino varias vueltas fumando y hablando de cualquier cosa y decidimos sentarnos en un banco en el medio del parque. Al rato vimos que se acercaban dos gitanas hacia nosotros.
Ya unos metros antes de llegar empezaron a ofrecernos una lectura de manos o de cualquier objeto que les diéramos. Una se acercó hacia mí y la otra hacia mis hermanos. La que estaba conmigo me empezo a pedir algo, lo que sea, cualquier cosa que me perteneciera que ella pudiera ver para contarme cosas de mi futuro y me señalaba la riñonera sugiriéndome que allí seguramente habría un buen objeto para ser leido.
-No tengo nada adentro, solo pañuelos- le mentí.
-Abra, abra, deme sus pañuelos- me sugería mi gitana, una señora de edad con diente dorado.
Entonces sucedió: abrió una bolsita que tenía colgando y sacó un crucifijo.
-Yo le puedo decir cosas- me dijo
-No, está bien, dejá, no hace falta- le dije yo comenzando a molestarme.
Con el crucifijo en la mano comenzó a decir unas palabras en su lengua y me tocó las dos rodillas con tan religioso objeto, lo cual me provocó además de un terror desconocido una súbita ira.
En pocos segundos tocó mis piernas varias veces con el crucifijo mientras nombraba extrañas palabras incomprensibles.
Entonces me levanté violentamente del banco y le dije que qué se pensaba, que se vaya, qué me tenía que andar hechizando las piernas, que le había dicho que no, lo cuál se ve que le cayó muy pero muy mal, porque se levantó ella también (estaba arrodillada ante mí) y se dispuso a maldecirme en lenguas aún mas escalofriantes que antes. La otra gitana también se acopló al discurso maldito, y lo que sucedió luego fué lo más increible de todo: mis dos hermanos al unísono les dijeron: “Af dain cop”.
Por un momento dudé si me encontraba dormido o despierto, si estaba viviendo un episodio a lá Harry Potter (aunque en aquél momento a decir verdad seguramente aún no se había escrito ni siquiera la primer novela) o si mis hermanos habían sido presa de algún tipo de fenómeno histérico sobrenatural.
Las gitanas se fueron alejando entre maldiciones en su idioma maldito y mis hermanos que les seguían repitiendo Af dain cop Af dain cop.
Cuando nos alejamos del lugar y fuimos saliendo del Parque 9 de Julio y recuperando la tranquilidad y la cordura, pude enterarme de que esas palabras las utilizaba mi bisabuela y que en Yddish significan algo así como “Que te vuelva a tu cabeza” o “Espejito rebota y a vos te explota”.
No pude dejar de pensar durante los siguientes pasos de los siguientes días que muy pronto ya no podría volver a caminar, que me quedaría paralitico, que algo horrible le sucederían a mis pies. Aún espero con temor que algún día caminando por la calle mis piernas se deshagan subitamente y yo caiga inerte para siempre en la vereda de este mundo incomprensible.



