Verano del ’97: de porqué La Chilinga viaja todos los veranos a Villa Gesell

Últimos días de Diciembre del ’96.

Luego de, quizás, 12 horas o más de filmación del videoclip de “Verano del ‘92” de Los Piojos, literalmente muy quemados, volvimos a descansar unas horas (sólo aquellos quienes podían posar sus partes que habían sido salvadas del sol por los taparrabos de rafia, única vestimenta usada durante la filmación) ya que esa misma madrugada salíamos de viaje a lo que sería la primer “gira” de La Chilinga: Nos habían contratado de un balneario en Cariló, en el cuál teníamos que hacer una entrada con los tambores la medianoche del año nuevo y sucesivas apariciones en el recinto del balneario durante todo el mes.

Para eso nos habíamos repartido en dos grupos: los que viajamos primeros ese día y los que irían la segunda quincena.

La gente del balneario nos alquiló una casa en Ostende, en la cuál convivíamos los aproximadamente 15 o 20 chilingos y chilingas y las 4 camareras del balneario. Tengo unos cuantos recuerdos borrosos, pero estoy seguro que los varones estábamos hacinados en un pequeño cuarto a semiconstruir contiguo a la casa, sin agua caliente, colchones con pulgas y otras penurias por el estilo y las chicas a todo culo en la casa de tres ambientes.

Anécdota dentro de la anécdota: La primer noche salimos a tocar a orillas del mar, como corresponde en honor a Iemanjá y al descontrol adolescente. Al día siguiente se rumoreaba en el pueblo que por la madrugada hubo gente haciendo macumba en la playa, vestidos de blanco, con tambores y cantando canciones en lenguas.

Como almuerzo y cena durante los primeros días, nos traían sobras de paella del restorán del balneario, hasta que de algún modo (tan mansos éramos) decidimos quejarnos. Al menos yo comenzaba a convertirme en un molusco bivalvo.

Quejarnos no cambió mucho nuestra suerte, pero intuyo que igual éramos felices, apostando a los amores furtivos y a las diversiones espontáneas e inmediatas.

Pasados los primeros 8 días, una mañana nos levantamos y notamos que una de las camareras que convivía en la casa, hija del dueño del balneario, había desaparecido llevándose con ella todas sus cosas.

Para no hacer ruido, o quizás porque las llaves las tenía alguien y la puerta estaba cerrada, o simplemente para darle más color a la historia, se fue por la ventana.

Más tarde nos enteramos, porque vinieron de la inmobiliaria a echarnos, que el dueño del balneario, nuestro contratista y quién nos había alquilado la casa, se había fugado. Sólo dios sabe de qué negocios oscuros estábamos participando sin saberlo.

En palabras del agente inmobiliario, nos teníamos que ir del inmueble, puesto que nadie sabía quienes éramos: éramos intrusos. Y nos dieron, en un acto de infinita bondad, plazo hasta el otro día.

Logramos que nos enviaran un micro a buscarnos, pero a Gesell: ahí estaba el departamento de Laura y Camila que gentilmente nos ofrecieron para que pudiéramos pasar esa noche hasta que nos recogiera el micro.

Inolvidable redención el último día a punto de volver, con Dani que por fin se hizo presente y nos llevó por las calles gesellinas con un  toque a Iemanjá directo hasta el mar, que nos atrajo tocando hasta entrar en él, con las olas ya pegando en los tambores.

Nos fuimos entonces unos días antes de lo previsto, pero dos o tres se quedaron unos días más en Gesell, en casa de Álvaro Y Graciela, quienes también cedieron bondadosamente su espacio para albergar a los rezagados. La tanda de chilingos que llegaba en esos días, de pronto no tenían ni casa en Ostende ni trabajo en el balneario.

Espontáneamente surgió la idea de que esos dos o tres que se habían quedado buscaran una casa para alquilar entre todos. Viajarían igual, y tocarían diariamente en la playa pasando la gorra para poder subsistir.

Y así fue: desde entonces, todos los años La Chilinga, como una tradición, viaja a esa ciudad de la costa atlántica, a dar permanencia a un rito que nació por accidente.

Partida de la casa

Partida de la casa

10 pensamientos en “Verano del ’97: de porqué La Chilinga viaja todos los veranos a Villa Gesell

    • Claro, y gracias por recordarlo, así este relato se va ampliando. De hecho en tu casa si no me equivoco pararon “los que se quedaron”.

  1. Yo fui parte de la segunda tanda. Mientras, a nuestro juicio, el grupo “Martes”, bendecido con las mieles del primer puesto en el podio de tocadores; “la pasaba bomba” en Gesell -primera quincena-, nosotros construíamos la sala, con 40 grados y muchos cortes en las manos por la fibrana de vidrio que debían tener los paneles que colocábamos (aún esas paredes de la sede Coronado, llevan nuestro sello, y el piso sin terminar, también).
    Luego, al viajar en la segunda quincena de enero, en la casa que ocupamos en paseo 12 y 109, los de entonces, “grupo miércoles”, vivenciamos parásitas, increíbles, iridiscentes y, algunas, irreproducibles experiencias…

    Destáquese que en dicho verano, fue acuñado uno de los más emblemáticos dogmas chilingos: “paren, che, hay gente que no comió”.

    Creo que fue al año siguiente, en el verano 97/98, caminando por 1, llegando a 104, comentándome sobre un borroso recuerdo sobre tu televisor, y frente a mi insistente pregunta respecto de si veías algo en la pantalla, varias veces me dijiste la inolvidable: “no, nada, barra de colores”.

  2. ahhhhhhhh cuantos recuerdos…… la mejor experiencia de mi vida!!!! a no olvidar que ademas de quedar como umbandas las quemaduras que nos habian quedado por el sol en la filmacion de verano del 92 nos habian dejado una suerte de tatuajes en todo el torzo….. marcas que tardaros tres veranos en irse…. genial

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